Redención

Aquella tarde gris y tranquila la naturaleza, tal vez cansada por la tormenta, había creado un paisaje lánguido e inmóvil. Los lentos pasos de Martín rompieron la calma. Su sombra, que era él, porque en las tardes los cuerpos se unen a sus sombras y ese ficticio desdoblamiento desaparece, recorrió las calles que todos los días recorría. Su rostro estaba más tenso que de costumbre, las que en un comienzo fuesen sospechas hoy eran verdades. Sabía que lo que tanto había temido esas últimas dos semanas era una realidad. Su mundo y él son irreales, tan sólo la creación de otro… Mi creación.

Requería un personaje capaz de resolver el asesinato en mi novela. Desde el primer capítulo caractericé a Martín como un voraz lector, pero nunca debí darle la pasión por Borges y Cervantes. Ese descuido hizo que en el tercer capítulo Martín sospechara de su naturaleza y ya para el quinto, luego de la tormenta, no quedara en su mente ni la menor duda. Acepto que fue mi error.

Esa noche dejé de escribir, dejando congelado el mundo de Martín en aquella eterna agonía. Comprendí su angustia al ver como su vida había perdido todo sentido, las nauseas me rodearon de sólo pensar en mi crueldad. En vano traté de conciliar el sueño pero su rostro y sus pensamientos no me abandonaban. Los primeros rayos de luz iluminaron mi habitación, me dirigí al escritorio dispuesto a escribir el siguiente capítulo. Yo, el autor todo poderoso, no podía dejar mi creación así. Debía hablar con Martín, darle nuevamente sentido a su existencia.

Sentado en el parque esperé a Martín durante eternos cinco minutos, vestía mi mejor traje y las manos me sudaban. Su silueta cobró forma al acercarse, lo observé con orgullo, en él estaban todas las cualidades que yo no tenía. Se sentó a mi lado, por unos instantes no hablamos, ni siquiera pude romper el silencio. Con una voz fría y pausada Martín comentó:

-“Así que es usted”.
-“Si Martín”. Fue lo único que atiné a contestar. Sonreí, pero su rostro permaneció inmutable.
-“Tengo muchas cosas que preguntarle, pero no en este parque. Lo odio, nunca me han gustado así los árboles, hubiese preferido la primavera.”
-“Tienes razón Martín, creo que habría sido más alegre.”
-“Me voy de aquí”. Dijo levantándose con brusquedad…

No me fue posible hablar con él, era necesario crear un ambiente en que Martín se encontrara a gusto. Pero en ese momento me sentí exhausto, la tensión y la vigilia habían agotado mis fuerzas. Decidí regresar a mi habitación y recostarme…

Es tarde, hace unos momentos he despertado y ahora lo comprendo todo. Lo que ocurre en los mundos literarios desaparece al cerrar los libros, nos protege la invisible barrera que es el papel. Mi error fue escribir en primera persona, el creador no puede tener compasión ni rebajarse a ser parte de su creación. Al hacerlo me he convertido para ti en un personaje tan irreal como Martín.

Me he sentado en el sillón al lado de la cama sin retirar la mirada de la puerta. Espero a Martín, ahora sé que soy la víctima de mi novela.