Génesis

Aquella lluviosa noche, una humilde mujer en sus treinta, preñada, supo que la hora había llegado.

Sola, con sus ropas sucias y emparamadas, se recostó al lado del camino. Sintió el frío del suelo empantanado y la suavidad del lodo en sus codos, pero sólo por un instante, pues el dolor de las contracciones hizo que el futuro y el pasado desaparecieran y tan sólo un interminable y tormentoso presente existiera.

Con la vista nublada, agotada por la larga jornada, luchó con su propio ser e hizo fuerza. Un dolor desgarrador, más grande que cualquier otra cosa que ella hubiera podido concebir invadió su cuerpo. Su corazón se detuvo. Cerró sus ojos y descansó para siempre.

Pero la corriente imparable que es la vida seguía en ese lugar y aquel ser que hasta entonces no había sido ser, supo que lo era en ese instante. La necesidad de algo que aun no sabía que existía puso en movimiento unos brazos nunca ejercitados. Un pataleo que antes había dibujado sonrisas en el rostro de una mujer ahora muerta, hizo que esta nueva criatura se deslizara entre su vientre. Los blandos dedos se aferraron con una fuerza sobrenatural a la placenta y la desgarraron. Luchando contra el gelatinoso medio, sus extremidades conocieron el mundo, luego fue su cabeza. Un llanto llenó el camino y esos nuevos pulmones con aire. El resto de su cuerpo presenció el frío y la lluvia.

He despertado en la oscuridad empapado en sudor, nadie fue testigo de esta aterradora historia. Por ello no hay forma de saber si realmente ocurrió, pero por la misma razón no tengo argumentos para creer que sea ficticia. Hoy conozco mi pasado.